viernes, 21 de agosto de 2015

Reflexión en torno al PH

La desconfianza en los partidos políticos es un hecho. Aquellos partidos pertenecientes al duopolio (Concertación y Derecha) se convirtieron en empresas vacías de militantes y de contenidos. Máquinas para catapultar a determinados personajes en el poder político y para capturar recursos de grupos económicos poderosos, a cambio de gobernar para ellos. El impresentable juego ha consistido en lo siguiente: conseguir el apoyo de la mayoría cuando hay elecciones y, luego, gobernar para los intereses de una minoría. Llevamos décadas en esto y cada vez es peor. Cada vez la traición es más evidente y más difícil de soportar. ¿Y qué ocurre con los partidos que se han mantenido fuera del duopolio, como el Partido Humanista? No tenemos fuerza ni somos alternativa real. Por una parte, es probable que nuestra influencia en el medio sea mayor de la que reconocemos: muchos de los temas que hemos planteado, después de un tiempo, se han convertido en temas cotidianos de discusión y de reflexión. Así, por ejemplo, sucedió que en el año 2005 el Partido Humanista ya planteaba la necesidad de un cambio de constitución, de desmunicipalizar la educación, de terminar con el sistema de AFP y de ISAPRES y de modificar la Ley reservada del cobre, mientras la clase política gastaba millones y millones de pesos en una campaña presidencial que se basaba en slogans publicitarios, en la cual Lavín y Lagos decían prácticamente lo mismo: hay que perseguir la delincuencia con más policías y fomentar el crecimiento económico, dentro del modelo. Sin embargo, y por otra parte, en la actualidad como Partido Humanista estamos muy lejos de poder conformar una nueva fuerza social y política, que impulse, produzca y sea capaz de sostener cambios de fondo en el sistema imperante. Tal vez, la generación de estos cambios no se visualiza, todavía, como algo posible de realizar. Tal vez, no somos nosotros, como partido político, los más indicados para promover y conformar esta nueva fuerza social. El problema, es que los problemas asociados al crecimiento de la violencia personal, interpersonal y social, se agudizan. Aquellos que aspiramos a construir una sociedad libertaria, que dignifique al ser humano y a su espíritu, y que abra el futuro de las nuevas generaciones hacia un aprendizaje sin límites, nos enfrentamos al aislamiento, a la desarticulación y a una inercia individualista que aplasta cualquier posibilidad de cambio, cualquier intento por desarrollar algo distinto al orden establecido para hacer funcionar una sociedad capitalista de consumo: trabajar, competir, comprar, aparentar y obedecer. Y jamás preguntarse por el sentido que tiene lo que hacemos.
Sí. Nuestra invitación es a los fracasados. No tenemos nada que ofrecerles, más que una pequeña y tenue luz de esperanza que ni siquiera nos pertenece, sino que emerge de sus propios corazones.

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