lunes, 10 de febrero de 2014

Chile y su soberanía

En 1973 Chile cambió. A través de un golpe de estado se impuso una dictadura que duró casi 20 años. Y la dictadura de Pinochet no trajo como consecuencia, sólo represión, miedo, tortura y asesinatos, sino también exacerbó un conjunto de valores que se incorporaron profundamente en la conciencia de los chilenos: individualismo, clasismo y una fe desproporcionada en la propiedad sobre las cosas. "Tener" es la máxima aspiración de toda persona. Por supuesto, fuimos el laboratorio del neoliberalismo a ultranza y se nos despojó de los derechos más elementales que existen en una sociedad: salud, educación y un mínimo de seguridad durante la vejez. En el modelo de sociedad que se nos impuso, el que no tiene es una sobra, un parásito y está condenado a vivir o a morir en las peores condiciones, desprovisto, incluso, de su dignidad como ser humano. Nuestra identidad como pueblo se desarrolló, lamentablemente, en el miedo y en el culto desmedido a la propiedad. Por esta razón, cuando vienen países vecinos y reclaman fronteras, la postura generalizada no es la de escuchar, comprender lo que se pide e intentar actuar con justicia, defendiendo, por su puesto, nuestros intereses. No. Inmediatamente se les degrada, se les ofende, se caricaturiza a pueblos enteros. ¿Por qué? Porque nuestra identidad está construida sobre un conjunto de valores de mierda. Sentimos como propiedad nuestra espacios geográficos que la gran mayoría de los chilenos conoce sólo a través de un mapa (si es que conocen el mapa de Chile) y a esos espacios les llamamos nuestra "soberanía". La gente de los países vecinos se convierte en una amenaza que atenta contra nosotros, que está lista y a la espera de quitarnos algo. Y perder algo en una sociedad como la nuestra es lo peor que le puede pasar a alguien. Si tan sólo fuéramos capaces de ver que la grandeza de un pueblo no está en las cosas que tiene, ni en su territorio, sino en la capacidad que posee de crecer en paz, de entenderse con otros pueblos, de entregar bienestar y seguridad a su gente y de compartir, en la medida de sus posibilidades este bienestar con otros pueblos, otro gallo nos cantaría. En primer lugar, seríamos una sociedad confiable, creíble y respetada, no por la banca ni por las transnacionales, sino por la gente de otros lugares, que es la que verdaderamente genera riqueza en todas las dimensiones.

Yo no digo que se deba entregar territorio a los países vecinos. Tampoco digo que no se deba hacer. Lo que digo es que el problema se está abordando desde una perspectiva completamente equivocada. Chile necesita refundarse, volver a nacer, con otra visión, con otro proyecto de país. Estos conflictos con los países que nos rodean son una oportunidad para replantearnos como sociedad, para preguntarnos dónde queremos ir, cómo queremos estar y de qué forma pensamos desarrollarnos.

Barrapunto

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